"Uno se enamora lentamente de Roma, poco a poco, pero para siempre" (Nikolai Gogol)

martes, 21 de septiembre de 2010

La Roma del amor


Roma forma un anagrama con la palabra Amor,
ya que la
transposición de las letras da como resultado otra palabra distinta. En cambio, un palíndromo claro es 'Amo retratarte Roma' puesto que si lee al revés es exactamente lo mismo.

Así pues el amor y Roma están muy unidos, tanto por utilizar las mismas letras, como por lo que inspira la propia ciudad a muchas personas. Y, claro está, porque como otras muchas, Roma es una ciudad romántica.

Verona simboliza el amor shakespeariano de Romeo y Julieta; Venecia ofrece el romanticismo de un paseo en góndola con la pareja a la que se ama y Florencia con su luz y sus vistas, merece ser contemplada con la persona querida. No me pregunten porqué; eso se siente en el corazón.

Pero Roma tiene también una curiosa visita del amor, la del Puente Milvio, que curiosamente nace de lo más profundo de la idiosincrasia romana más que de una práctica relacionada con el turismo. Fueron los romanos, y hace muy poco tiempo, quienes relacionaron el Puente Milvio con el amor.

Fue a finales del año 2006 cuando muchos adolescentes de la ciudad, inspirados por los protagonistas de la novela 'Tengo ganas de tí', de Federico Moccia, comenzaron a imitar lo que la pareja hizo para simbolizar su amor, sujetar un candado a la farola, cerrarlo y arrojar la llave al Tíber por encima de sus hombros.

En sólo unos meses, la farola se llenó de candados y su peso no sólo la deterioró sino que llegó a poner en peligro uno de los puentes más antiguos y con más historia de Roma. El Ayuntamiento prohibió que allí se pusieran candados pero la situación ya era imparable y poco después se instalaron unas barras de acero para que toda pareja de enamorados que quisiera, pudiese colocar allí su candado y arrojar la llave al Tíber. Con la 'legalización' del candado, comenzó a surgir en el puente y sus inmediaciones el negocio de la venta de candados por parte, sobre todo, de inmigrantes asiáticos, que inmediatamente ofrecen su producto a las parejas que por allí aparecen. La costumbre ha comenzado a seguirse en otros puentes.

Como visita, la del Puente Milvio no deja de ser curiosa y recomendable, sobre todo para parejas de enamorados. Hay que tener en cuenta, además, que el puente tiene una importante carga histórica, como he dicho anteriormente, y que se encuentra próximo al Foro Itálico, uno de los lugares creados por los arquitectos de Mussolini con el inconfundible estilo de la arquitectura fascista del periodo de entreguerras. En sus inmediaciones está también el estadio olímpico de Roma.


El Ponte Milvio, situado al norte de la ciudad, es uno de los más importantes sobre el Tíber. Fue construido por el cónsul Cayo Claudio Nerón en el año 206 antes de Cristo. En el año 115 antes de Cristo, el cónsul Marco Emilio Escauro construyó un nuevo puente de piedra en el mismo lugar, destruyendo el antiguo. El hito histórico más importante de tan antiguo puente data del año 312, cuando Constantino I venció a Majencio, su rival, en la batalla del Puente Milvio, que constituye un importante punto de inflexión en la historia del cristianismo, ya que los historiadores cristianos de esta época y posteriores atribuyeron la victoria de Constantino a una intervención divina. El puente fue renovado en la Edad Media y fue reparado posteriormente en 1429, realizándose modificaciones en los siglos XVIII y XIX.

Para llegar al puente Milvio se puede ir aguas arriba del río por los
lungoteveres hasta el estadio olímpico, al pie de Monte Mario, uno de los pulmones de Roma. Un poco más arriba del estadio y del Foro Itálico, donde se puede contemplar el impresionante estadio de los mármoles (dei marmi), se puede ver el viejo puente. Si se prefiere utilizar transporte público, la mejor opción es tomar el tranvía junto a la piazza del Popolo, en la capolinea de Flaminio, y realizar todo el recorrido hasta la cabecera. Desde allí no hay más que andar hacia el río con el estadio olímpico de frente y subir unos pocos metros aguas arriba.

viernes, 17 de septiembre de 2010

El agua de Roma


A menudo me piden consejos prácticos para una cómoda estancia en Roma, para saber moverse por la ciudad en un viaje turístico sin sobresaltos. En definitiva este es el objetivo de esta serie de artículos, por más que trate de contar historias curiosas de una ciudad que tiene un patrimonio histórico, artístico, social y cotidiano inagotable.





En esta ocasión me voy a referir al agua de Roma. Hace tiempo unos familiares que visitaron la ciudad un verano se quejaban del dinero que habían gastado en comprar botellas de agua mineral fría con las que paliar la sed y refrigerarse. "¡Si no es necesario comprar agua en Roma; el agua de la fuentes públicas es exquisita!", respondí yo. Mis familiares me aseguraron que desconocían esto y dónde encontrar estas fuentes.
Por eso quiero dedicar este capítuo a las fuentes de Roma. Lo siento por aquellos que se dedican al lucrativo negocio de vender botellas de medio litro de agua mineral fría pero cualquier romano sabe que este negocio está dedicado exclusivamente a los turistas.


Hay centenares de fuentes de agua potable en Roma; dicen que no hay ni una ciudad en todo el mundo con tantísimas fuentes; las hay de todo tipo: Antiquísimas y artísticas, auténticos monumentos prácticos para combatir la sed; y también modestas fuentes de fundición repartidas por muchísimas calles de Roma, desde el casco histórico a cualquier barrio moderno y periférico. Hay unas 3.000 repartidas por toda la ciudad y curiosamente las primeras fueron realizadas por el primer gobierno municipal civil de la capital de la Italia unificada, allá por el año 1872. Los romanos las conocen popularmente como nasoni' (narizones), de 'naso' (nariz en español), por la particular forma que tiene el caño de donde brota de forma ininterrumpida el agua. Esa es una característica muy peculiar de Roma; el agua no deja de brotar en las fuentes. Es algo que nos sorprende a los españoles pero tal es la abundacia de agua que hay en Roma. Si la sed aprieta y se desea averiguar dónde encontrar una, no hay más que preguntarle a cualquier romano 'dove c'e una fontanella?', es decir, ¿dónde hay una fuente?. Para evitar confusiones, es conveniente aclarar que la fontana es la fuente monumental y ornamental, como la de Trevi, o la de los Cuatro Ríos en piazza Navona. La fontanella es la fuente para beber.
El agua de Roma es de extraordinaria calidad. Está perfectamente tratada y no tiene el más mínimo riesgo para la salud. Además es un agua que en pleno verano mana fresca, tanto es así que empaña el vaso o la botella en la que se recoge. Las 'nasoni' tienen una particularidad y es que en la parte superior del caño hay un pequeño agujero; tapando el caño, el agua sale por el agujero y se puede beber directamente con toda comodidad.

Pero también se puede beber el agua que mana de algunas fontanelle monumentales. Aquí se pueden abrir nuevos capítulos que prometo que abriré en sucesivos artículos. Destaco una por ser de mis preferidas. Se trata del 'Facchino', una de las llamadas estatuas parlantes y que yo denomino la del 'barrilete'. Está en la intersección de Vía del Corso con Vía Lata, a pocos metros de piazza Venezia. Allí, junto a la vía de San Marco, hay otra espectacular fuente con forma de piña de la que mana un agua fresquísima. Otra de mis preferidas es la fuente de la Barcaccia, en la plaza de España.
Como digo, muchas de estas fuentes merecen capítulos aparte y prometo que los desarrollaré. De momento sirva éste para evitar que cualquiera que viaje a Roma se gaste un dineral comprando botellas de agua mineral fría.

martes, 14 de septiembre de 2010

La Roma mordaz


La Roma de los turistas, de la belleza de más de dos mil años de historia, no tiene nada que ver con la Roma más romana, la del día a día, la de los problemas cotidianos y la incomodidad de los servicios públicos, la del tráfico caótico y la suciedad acumulada desde los primeros siete reyes laciales de la Urbe. Es una Roma menos bella, pero más auténtica, menos teatral.
Todos esos problemas acumulados a lo largo de la historia han forjado el carácter de los romanos. Pueblo mediterráneo por excelencia, hasta ahora han resistido en lo más profundo de su idiosincrasia el embate de la identidad anglosajona. España ha sucumbido antes perdiendo buena parte de ese carácter mediterráneo y desgraciadamente Italia no tardará en hacerlo. Los jóvenes están cada vez más globalizados, y eso es triste. Todavía hoy da gusto entablar una conversación con ancianos capitolinos; no hace falta dirigirse a ellos puesto que ellos mismos comenzarán a hablar en el autobús, en el tren, en el supermercado o en la calle.
Es con la conversación y la observación como se puede notar el carácter mordaz de los romanos. Con una historia llena de esplendor y de decadencia, ante los malos tiempos el romano se ha defendido, o más bien, ha empleado la mordacidad, la ironía, el sarcasmo y el ingenio.
Hay muchos ejemplos pero voy a dar tres de distintas épocas para que pueda entenderse a la Roma mordaz que hoy convive con la Roma de la belleza y de los turistas.
En el año 1943 la ciudad estaba ocupada por los nazis. El Gran Consejo Fascista había defenestrado a Mussolini por sus constantes errores al meter a Italia en la Segunda Guerra Mundial y llevarla al desastre. Roma fue declarada Città Aperta, es decir, ciudad abierta, para no convertirla en una Stalingrado y que se perdieran la gran cantidad de obras de arte y monumentos que en ella hay.
Una vez que americanos e ingleses desembarcaron en Sicilia y, sobre todo, en Salerno, muy cerca de Nápoles, el objetivo inminente era la conquista de Roma, gobernada entonces con mano militar por los nazis, quienes la invadieron para evitar que cayera en manos aliadas al ser derrocado Mussolini. Fue así como comenzaron los bombardeos estratégicos americanos e ingleses sobre Roma; se buscaba cortar las vías de comunicación y de abastecimiento de las tropas alemanas. Por eso los bombardeos se centraron en la zona del barrio de San Lorenzo para destruir las principales estaciones ferroviarias. Pero aquellas bombas no eran inteligentes y cayeron sobre la zona universitaria y sobre decenas de bloques de viviendas produciendo millares de víctimas mortales entre la población civil. Fue entonces cuando apareció una pintada en un edificio bombardeado que muestra la mordacidad de los romanos. Escrita en perfecto romanesco trataba de dar ánimos en la desesperada situación de Roma: “Meio l’americani su la capoccia, che Mussolini tra li coioni”, que traducido es “Mejor los americanos sobre la cabeza, que Mussolini entre los cojones”. Simplemente, genial.
La segunda también procede de la Segunda Guerra Mundial. Americanos e ingleses desembarcaron en Anzio, a unos sesenta kilómetros de Roma con la idea de formar una bolsa que encerrara a los alemanes en la línea Sigfrido y en los montes Albanos, y además, tener un acceso cómodo para la reconquista de Roma.
El desembarco se celebró entre los romanos que pensaban que la liberación era cuestión de horas. Pero un error estratégico del general estadounidense que desembarcó en Anzio permitió a los alemanes concentrar un enorme contingente de tropas en los alrededores de Anzio, y allí se estancó el frente durante varios meses en una batalla más propia de la Primera Guerra Mundial. Ni que decir tiene que los romanos vivieron aquellos largos días con desesperación porque la ciudad seguía ocupada mientras que los aliados se encontraban a las puertas sin avanzar. Incluso podían escuchar perfectamente las explosiones de la artillería: Tenían la miel en los labios pero no podían saborearla. Fue entonces cuando apareció en el Trastevere la pintada más mordaz: “¡Americanos, resistid! ¡Pronto llegaremos a liberaros!”
La tercera es más reciente. Data de las elecciones políticas que tuvo Italia en abril de 2008. Por aquel entonces el candidato conservador Silvio Berlusconi tuvo una de sus frases antológicas, que como sus gestos o sus actuaciones pasarán a la historia del histrionismo político. Dijo que el que no le votara a él, sencillamente era un gilipollas, palabra que en italiano es ‘coglioni’. Por eso, en el mitin de cierre de campañas del centro izquierda en Roma muchos asistentes acudieron con camisetas identificativas: “Siamo i coglioni di Roma”, es decir, “Somos los gilipollas de Roma”.

lunes, 13 de septiembre de 2010

La Roma polarizada


La polarización en Italia es una seña de identidad y Roma no es ajena a ese clima a veces extremo en el que necesariamente ‘se tiene que ser de algo’, situarse frente a alguien en aficiones o planteamientos ideológicos, sociales y económicos.
Ya sé que esto es habitual en todo el mundo pero en Italia, y por supuesto en Roma, todo ello se vive con gran pasión. El fútbol, el calcio, es uno de esos aspectos que polarizan de forma extrema Roma. Siempre digo que lo que un romano siente por su equipo y la animadversión que le produce el gran rival sólo podría ser comparable en España con la rivalidad existente en Sevilla entre béticos y sevillistas, pero en Roma es todavía más extrema entre laziales (aficionados de la Lazio) y romanistas (tifossi de la Roma). Lo que pocos españoles conocen es que tanto o más rivalidad puede existir entre los otros dos equipos más modestos de la ciudad eterna, la Cisco Roma, rebautizado como Atlético Roma, y la Lodigiani.
Roma y Lazio comparten el mismo estadio, el Olímpico, situado al pie de Monte Mario, junto al río Tevere y en el área conocida como el Foro Itálico, uno de los espacios urbanos creados por los arquitectos de Mussolini.
La Lazio la fundaron en 1900 un grupo de militares, gente bien que deslumbrada por los primeros juegos olímpicos de la era moderna, celebrados en Atenas, decidieron utilizar para su equipo los colores de la bandera griega, el azul y el blanco. En el escudo colocaron uno de los símbolos militares de la antigua Roma, de las invencibles legiones que conquistaron el mundo, el águila.
Pero los laziales no se comieron un colín, en forma de campeonato italiano, en aquellos primeros años de su historia. Las victorias siempre iban a parar a los más poderosos equipos del norte de Italia. Cuando llegaron al poder los fascistas de Mussolini consideraron necesario, en su imaginario de recuperación del pasado esplendoroso de Roma, que la ciudad eterna tuviera una squadra competitiva, capaz de ganar el scudetto. Intentaron por todos los medios fusionar a los distintos equipos que había en la ciudad pero viendo que aquello era imposible se inventaron a la Roma con varios de estos equipos pero sin que apareciera en esa unión la exquisita Lazio. Era el año 1927 y nació la rivalidad entre la Roma, el equipo de las clases populares, y la Lazio, la squadra de la gente bien. La Roma adoptó los colores de la ciudad, el rojo y el amarillo, y en su escudo se representó a la loba amamantando a Rómulo y Remo, los fundadores de la ciudad.
Ya que hablo de los dos hermanos, y teniendo en cuenta que Rómulo fue el primero de los siete reyes que a lo largo de la historia ha tenido Roma, se dice que el fútbol ha dado al ottavo re, el octavo rey de la ciudad, que no es otro que el romanista Francesco Totti.
Otro ejemplo de rivalidad romana es la que protagonizan la Cisco Roma y la Lodigiani, equipos menores pero que se profesan una común animadversión. No faltan pintadas por toda la ciudad escritas por los aficionados radicales de ambos equipos en las que se puede leer ‘Cisco merda’ o ‘Lodigiani pezzo di merda’. En este caso la rivalidad tiene otras connotaciones pero no deja de ser intensa. Ambos equipos funcionaron como uno solo, la Cisco Lodigiani Roma pero acabaron separándose en 2005; antes de su unificación ya habían funcionado por separado lo que aporta a la historia momentos de encuentros y desencuentros diversos, es decir, caldo de cultivo excepcional para favorecer la pasión más exacerbada.
Lo curioso es que en estos momentos la Cisco, hoy renombrada como Atlético Roma y habiendo asumido el color azul marino para su uniforme, y la Lodigiani, que se mantiene fiel al color rojo granota, no coinciden en la misma categoría. La Cisco está en la serie C, el equivalente a nuestra segunda division B. La Lodigiani está en categoría regional. Pero ¡ay del día en que coincidan en la misma categoría y tengan que disputar la stracittadina, el derbi capitolino de los más modestos.

domingo, 12 de septiembre de 2010

La Roma mágica


Los aficionados al ocultismo y a lo esotérico, tienen una Roma mágica que no deben perderse. Muy cerca del Esquilino, a sólo unos cientos de metros de la basílica de Santa María Maggiore, se encuentra uno de los rincones más mágicos de una Roma sorprendente hasta en mínimos detalles. En la piazza de Vittorio Emanuele II se encuentra la Porta Alchemica, es decir, la puerta alquímica o mágica.
Se trata del monumento a la alquimia más conocido del mundo y ciertamente su situación y sus características producen un halo de misterio en torno a él. La Porta Alchemica está en el extremo de la plaza más próximo al Esquilino, junto a un antiguo muro de la Roma imperial. La ajardinada plaza Vittorio está un tanto degradada y en ella es habitual la presencia de numerosos inmigrantes subsaharianos y de otras procedencias.
La puerta, de forma rectangular, está rematada por un pequeño disco con la estrella de David. Su magia reside en que en ella están grabadas extrañas y misteriosas inscripciones.
Su historia es la del marqués de Palombara, a cuya villa situada en el Esquilino, acudían en el siglo XVII alquimistas, astrólogos y amantes de las ciencias ocultas. El propio Palombara cultivaba esa afición con gran interés e incluso pasión. En cierta ocasión llegó a la villa un joven que le pidió permiso para utilizar su laboratorio y allí experimentar. Palombara, obsesionado por descubrir la fórmula alquímica para conseguir oro de otros metales o incluso de productos vegetales, acogió al joven en su casa como a tantos, pero un día desapareció de allí misteriosamente. En el laboratorio dejó restos de oro y varios pergaminos con extrañas fórmulas escritas.
El marqués consultó a científicos para descifrar esos signos anotados pero fue en vano. Ante la incapacidad para conseguirlo se le ocurrió la idea de inscribir en una de las puertas del jardín de su villa esas misteriosas fórmulas, con la idea de que alguien que pudiera verlas supiera interpretarlas adecuadamente y poder así fabricar oro.
En el siglo XIX la villa Palombara fue derribada al realizarse una profunda remodelación urbanística en el Esquilino. Sin embargo se conservó la puerta que fue colocada en los jardines de la plaza Vittorio Emanuele II.
Convengamos ahora que la moderna alquimia sería la bisutería, la fabricación de abalorios con pobres materiales a fin de hacerlos parecer joyas preciosas. Algo más de cuatrocientos años después de que el joven, que se llamaba Giuseppe Francesco Borri dejara sus fórmulas en el laboratorio de la villa Palombara, en el área de la actual Roma ocupada por Via Carlo Alberto y Via Merulana, entre la piazza Vittorio y la basílica Santa María Maggiore, ha florecido la moderna alquimia en forma de establecimientos en los que se venden todo tipo de productos para fabricarse uno mismo collares, colgantes, pulseras y demás abalorios. Regentados todos ellos por ciudadanos chinos, todos esos establecimientos forman una especie de hipermercado de la manufactura de bisutería. El Esquilino, de esta forma, sigue atrayendo a alquimistas dispuestos todos ellos a fabricarse abalorios con sencillos metales como el aluminio, el acero inoxidable, el estaño o minerales pulidos.
La paradoja de todo ello es que hayan sido los chinos quienes se instalaran en la Roma alquímica para ‘descubrir’, aunque sea a su manera, lo que tanto buscó Palombara.

lunes, 30 de agosto de 2010

El museo de la central termoeléctrica de Montemartini


El museo de la central termoeléctrica de Montemartini es una pequeña joya para los amantes de la arqueología por su originalidad al mostrar escultura romana clásica con la antigua maquinaria de la primera central pública para la producción de electricidad en la ciudad eterna. Recomiendo su visita a quienes quieran conocer algo distinto y de calidad en una Roma que nunca deja de sorprender.
Situado en la Vía Ostiense, número 106, la antigua central termoeléctrica conserva sus antiguas calderas y maquinaria para producir electricidad y entre ese buen trabajo de arqueología industrial, se pueden contemplar excelentes obras de los museos capitolinos, es decir, arqueología clásica en su máximo esplendor.

El museo se encuentra en la ribera izquierda del Tíber, ante los que antaño fueran los Mercados Generales. Para llegar a él desde el centro de Roma lo ideal es coger la línea B del metro, por ejemplo en la estación de Términi en dirección a Laurentina y bajar en la estación de Garbatella para desde allí dirigirse a la Vía Ostiense. En autobús se puede tomar la línea 271 en la plaza Venezia, junto al palacio del mismo nombre y descender en la parada situada muy cerca del museo, en el número 106. Si se prefiere tomar el autobús en la piazza Pía, junto al Vaticano, el autobús indicado es el de la línea 23 con parada frente al museo.
El horario de apertura del museo es de martes a domingo, de 9.30 a 19.00 horas. La entrada normal es de 4'50 euros.

La Central Montemartini constituye un extraordinario ejemplo de reconversión en museo de un edificio industrial. Se trata de la segunda sede expositiva de los Museos Capitolinos y alberga un considerable número de esculturas de la Antigüedad clásica halladas durante las excavaciones realizadas en Roma entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX.La exposición reconstruye conjuntos monumentales antiguos y describe el desarrollo de la ciudad desde el periodo republicano hasta la época tardoimperial con episodios particularmente significativos y muchas veces casi desconocidos para el gran público, como el grandísimo mosaico con escenas de caza procedente de Santa Bibiana. Los grandiosos ambientes de la central y en particular de la sala de Máquinas con su preciosa ornamentación modernista conservan inalterados las turbinas, los motores diesel y la colosal caldera de vapor. En este escenario, los mármoles antiguos resplandecen por su transparente brillo y por el refinamiento de su tallado.

La historia de este peculiar museo, que se encuentra muy cerca de la basílica de San Paolo fuori le mure,data de 1997, cuando hubo que trasladar centenares de esculturas debido al cierre por reestructuración de amplios espacios de los Museos Capitolinos, concretamente del palazzo dei Conservatori. A fin de que el público dejara de contemplar tan magníficas e importantes obras, se inauguró la exposición 'Máquinas y dioses' en las salas rehabilitadas de la primera central eléctrica pública romana para acercar dos mundos diametralmente opuestos: la arqueología clásica y la industrial.

El contraste es la base del museo, que a partir del año 2005 se convirtió ya en sede permanente de la interesante muestra. Pero la idea es mucho más amplia puesto que la Centrale di Montemartini forma parte de un ambicioso proyecto de recalificación de la zona Ostiense Marconi que prevé convertir en polo cultural el área más antigua de industrialización de Roma. Además de Montemartini, el proyecto abarca el Mattatoio, el Gazometro, estructuras portuarias, la antigua Mira Lanza e los antiguos Mercados Generales y prevé concluir la construcción de nuevos espacios para la Universidad Roma Tre y la realización de la Ciudad de las Ciencias.

martes, 24 de agosto de 2010

La cornamenta de San Eustaquio


El maestro Enric González con sus historias de Roma me puso sobre la pista de esta curiosidad romana. ¿Sabían ustedes que en Roma, en el Rione de Sant'Eustachio, hay una pequeña iglesia que da nombre al barrio en la que no se celebran bodas? Parece ser que a los romanos les debe producir cierta aprensión contraer nupcias en ese templo por la iconografía que representa al santo que da nombre a la iglesia, a la plaza en la que se ubica y al rione en el que está.
Eustaquio de Roma uno de tantos mártires cristianos. En realidad se llamaba Plácido y era un militar de graduación, todo un general, que combatió a las órdenes de Trajano. El hombre se convirtió al cristianismo y fue martirizado durante las persecuciones de Adriano.
La leyenda cuenta que el bueno de Plácido se fue a cazar y por los montes de Tívoli vio una magnífica manada de ciervos. Como buen cazador, Plácido se fijó en el ejemplar más grande y se dispuso a cobrar tan excelente trofeo con el que presumir en la popina, esto es, el bar restaurante de la antigua Roma.
Fue entonces cuando Plácido tuvo la visión: entre la cornamenta del ciervo vio a Cristo en la cruz que le pidió cuentas de porqué le perseguía a él y a los cristianos como militar romano. El Cruficado le anunció a Plácido que sufriría mucho por Él. Total, que el general se convirtió al cristianismo y se cambió el nombre por el de Eustaquio. Lo primero que perdió fue la graduación y echó por tierra su magnífica carrera castrense. Y si sólo hubiera perdido los galones... Posteriormente fue perseguido y martirizado junto con su esposa Teopista y sus dos hijos Agapito y Teopisto.
Por eso la iconografía que representa a Sant'Eustachio es la de un crucifijo entre las astas de un ciervo. Y en la iglesia dedicada en Roma a nuestro santo, se puede ver que el tímpano de la fachada no está coronado por un crucifijo normal y corriente, como en cualquier otra iglesia, sino que hay una cabeza de ciervo con una magnífica cornamenta de la que emerge la Cruz de Cristo.
Ahora imaginen ustedes la gracia que le puede hacer a cualquier romano o romana contraer en esa iglesia matrimonio, mirar hacia arriba y ver tan aparatosos cuernos. En resumen, nadie se casa en Sant'Eustachio.

Menos mal que es la iglesia que da nombre al barrio a pesar de que hay otras de mayores dimensiones y más importantes, como las de San Andrea della Valle, Santa María sopra Minerva o San Luigi dei Francesi, excepcional iglesia donde se pueden contemplar tres magníficos caravagios. El barrio no anda mal de monumentos y edificios importantes puesto que en él está el palazzo Madama, sede del Senado de la República Italiana, o el imponente Pantheon de Agripa.

Y sin embargo es la iglesia de Sant'Eustachio la que da nombre al rione. Otra curiosidad es que en mi último viaje a Roma, precisamente en este mes de agosto, quise visitar la pequeña iglesia después de tomarme el mejor café de Roma, el de la cafetería Sant'Eustachio, situado en la misma plaza. La sorpresa fue que estaba cerrada y había un cartel que decía que no volvería a estar abierta hasta el día 24 de agosto, cuando yo estaría de regreso a España. Es decir, que todo apuntaba a un cierre por vacaciones en una iglesia.

Es ahí donde me surgen muchos interrogantes sobre la organización parroquial y diocesana de Roma, cabeza del cristianismo en cuyo término municipal se puede encontrar cientos de iglesias. Con las pocas vocaciones existentes debe ser difícil que en cada iglesia haya un párroco que cuide espiritualmente de la feligresía. Además, en las parroquias debe haber una competencia feroz para ganarse feligreses porque, sobre todo en el centro histórico, uno sale de una iglesia y no ha hecho más que andar unos metros cuando se encuentra con otra.

Trataré de resolver estas dudas con una investigación al respecto y las expondré en otro artículo.